El tiempo te toma en sus brazos, te arrulla, te canta canciones para que duermas incluso si es de día. Aveces parece cruel al tener cada año los mismos nombres en sus meses con números que te recordarán ciertas fechas que te han marcado, pero te sigue arrullando con música para confundirte, distraerte de esos acontecimientos y lugares hasta que te hace descansar de esos recuerdos que parecen perdidos.
Usa al viento para tirarte un sombrero, jugar con tu cabello y al tocar tu cara hacerte sentir que te ha arrancado cierto recuerdo, recoges el sombreo, lo pones en tu cabeza y sientes que algo cambio, y sigues caminando con el tiempo. Él usa al sol, para que al salir a la calle esos días donde ya no hay llanto pero tampoco risa, de pronto sientas que se calientan tus huesos y entiendes que por alguna razón debes seguir viva.
Un día el tiempo recoge las semillas de utopía que esparciste en el desierto, las lleva a depositar en tu corazón al momento de suspirar por un amor que plantaste en un lugar árido, así sin darte cuenta; después de eso pasa de largo y un día cuando empiezas a olvidar o distraerte de ciertas cosas regresará a poner las semillas ya germinadas en tus manos. Tiempo antes debiste fertilizar tus circunstancias para poner esas pequeñas plántulas y ver crecer deseos.
Tiempo después él mismo te revela que todos somos él, que todos somos tiempo y te da el secreto de la creación, el cuál es, no esperar nada tan definido, tan exacto, tan a modo, tan definitivo, tan ahuevo...
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